Viernes 15 de marzo de 2013

142 AÑOS DE LA COMUNA DE PARÍS, EL PRIMER GOBIERNO OBRERO DE LA HISTORIA

El día que empezó el fin del viejo mundo

Bajo el gobierno de Luis Napoleón III en Francia (de 1852 a 1870), creció la industria y las ciudades desbordaban de gente para la que había que construir casas, hospitales, escuelas.

Celeste Murillo@rompe_teclas

Bajo el gobierno de Luis Napoleón III en Francia (de 1852 a 1870), creció la industria y las ciudades desbordaban de gente para la que había que construir casas, hospitales, escuelas. Los “señores”, los terratenientes y la Iglesia veían espantados el extraordinario cambio social; despreciaban a las masas que exigían sus derechos. Para 1870, el pueblo de París vivía una situación desesperada: la clase obrera y los pequeños comerciantes empobrecidos sufrían las consecuencias de la guerra con Prusia. Durante todo ese año, la clase obrera transformó su descontento en lucha y se multiplicaron las huelgas y las movilizaciones. El 4 de septiembre una multitud ocupó la Cámara de Diputados para proclamar la República. Inmediatamente se formó un Gobierno de Defensa Nacional, dirigido por Adolphe Thiers.

Pero este gobierno, cruzado por las tensiones entre defender el país y contener a la vez la fuerza creciente del proletariado, abandona París y traslada su sede a unos kilómetros, en Versalles. El temor de la burguesía por la posible insurrección popular, llevaron al gobierno a tomar esta decisión, mientras la clase obrera armada, con decisión y coraje, defendía París de las tropas extranjeras. El 16 de marzo de 1871 Thiers regresa a Paris y pretende que el ejército regular tome el control de los cañones de la Guardia Nacional y las armas que el pueblo se negaba a entregar. No hay nada que teman más los burgueses que al proletariado armado.

¡Basta de funcionarios ricos y del poder de los curas!

El 18 de marzo, con las mujeres en la primera línea, el pueblo de París se insurrecciona y proclama la Comuna, el primer gobierno obrero de la historia que muestra, en los hechos, la posibilidad de conquistar los derechos negados durante años por los señores, burgueses y terratenientes.

La Comuna suprime la burocracia estatal y establece la elección de los funcionarios por el pueblo. Se deshace de instituciones costosas como el ejército regular, reemplazándolo por el pueblo en armas; condona la deuda de los alquileres de todos los inquilinos y establece que todos los funcionarios cobren el mismo salario que un obrero, para eliminar sus privilegios y asegurarse así de que gobernaran en función de la mayoría obrera y popular. Al mismo tiempo decreta la separación de la Iglesia del Estado, expropia todos sus bienes. ¡Todas las escuelas se abren al pueblo, libres de la injerencia de los curas! Y se proclama, por primera vez en la historia, la igualdad de derechos para las mujeres. En su proclama la Comuna anuncia: “Este es el fin del viejo mundo gubernamental y clerical, del militarismo, del funcionarismo, de la explotación, de los monopolios, de los privilegios, a los que el proletariado debe su servidumbre...”

Las mujeres, las más enérgicas defensoras de la Comuna

La Comuna es, para las mujeres, la posibilidad de construir un orden social que las incluye. Por esta razón, ellas fueron las más decididas, ocupando la primera fila en las barricadas.

Ese 18 de marzo de 1871, cuando los obreros izaron la bandera roja en el ayuntamiento de París, las mujeres encabezaban la insurrección. Interponiendo sus cuerpos delante de los cañones, impidieron que las tropas al mando de Thiers desarmaran a París, desencadenando la reacción popular. Ellas salieron de sus casas, ocuparon sus puestos en la barricada, en fábricas de armas y municiones, en los hospitales y en las cocinas de la retaguardia. Hasta llegaron a confirmar un batallón de mujeres de la Guardia Nacional, que luchó valientemente hasta el final. Por eso, Louise Michel –una de las heroicas comuneras- escribió: “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo.”

La burguesía, temerosa del proletariado, empuñó las armas contra trabajadoras, trabajadores, incluso contra los niños durante la Semana Sangrienta de mayo, que culminó en una masacre.

A pesar de su corta vida, la Comuna dejó un gran legado: la desconfianza en la burguesía y la utopía reaccionaria del patriotismo, que nada tiene para ofrecernos. Aún con los límites de la época, la Comuna, mostró en los hechos cómo poner en pie un gobierno de la clase obrera, aunque también dejó en evidencia la necesidad irrenunciable de preparar una organización revolucionaria, un partido de la clase trabajadora, para vencer.