Miércoles 20 de noviembre de 2013

¡Que no nos borren nuestra historia de lucha!

Por Andrea D’Atri, dirigente del PTS y fundadora de Pan y Rosas

Recordamos aquel primer Encuentro, en 1986, donde exigimos la libertad de “la última presa política de la dictadura militar”, Hilda Nava de Cuesta, que había sido secuestrada –estando embarazada- y aún permanecía detenida en una cárcel durante el gobierno de Alfonsín, de la que fue liberada al año siguiente.

Después, en el Encuentro de 1989, los debates sobre el femicidio de Alicia Muñiz perpetrado por el boxeador Carlos Monzón, fueron el puntapié inicial para la creación de la Red de Prevención y Asistencia a las Víctimas de la Violencia Familiar.

En el Encuentro de 1992, irrumpieron con fuerza las mujeres de los pueblos originarios, enfrentando los “festejos” oficiales por los 500 años de la conquista y convocando a que todas juntas marcháramos por las calles de la ciudad, algo que hoy seguimos haciendo cuando finalizan los talleres.

En el Encuentro de 1994, alzamos nuestras voces contra la represión policial y contra la impunidad del femicidio de María Soledad Morales.

El año en que la Iglesia llegó para quedarse (a boicotearnos)

En 1997, en San Juan –como este año- enfrentamos por primera vez una fuerte reacción organizada por el gobierno y la Iglesia contra el Encuentro. Funcionarias y diputadas locales, la Acción Católica y el Obispado, iniciaron una campaña de desprestigio y convocaron a un encuentro paralelo, mientras los micros y las escuelas donde funcionaban los talleres, aparecían pintados con insultos y amenazas.

En esa oportunidad, en todos los talleres se repudió al encuentro paralelo, pero la estrategia del fundamentalismo religioso para evitar que las mujeres podamos debatir sobre nuestros derechos, siguió hasta la actualidad. La Iglesia, metiéndose en los talleres y organizando provocaciones y agresiones, intenta –cada año- liquidar este espacio construido entre todas.

En el 2001, en La Plata, fueron miles de mujeres desocupadas, piqueteras, de comedores populares, trabajadoras de fábricas que cerraban, las que se autoconvocaron en nuevos talleres que no estaban previstos por la Comisión Organizadora, para debatir sobre la crisis económica que asolaba al pueblo trabajador y cómo enfrentarla. Allí, hubo un fuerte enfrentamiento con la Comisión Organizadora encabezada por el PCR. Las feministas denunciaron que, en acuerdo con el gobernador Ruckauf de la Provincia de Buenos Aires y el obispo local, las organizadoras habían decidido retirar el taller sobre derecho al aborto. Pero esta denuncia corrió como un reguero de pólvora por todo el Encuentro y miles de mujeres impedimos la maniobra.

Ni provocaciones ni bombas molotov acallaron el reclamo por el aborto legal

Dos años después, en el Encuentro de Rosario, la lucha por el derecho al aborto fue el reclamo más generalizado. Centenares de mujeres nos autoconvocamos en una Asamblea para debatir cuál era el mejor plan de lucha para avanzar en la legalización del aborto.

La querida luchadora Dora Coledesky –ya fallecida- recordaba aquella asamblea con estas palabras: “Pegamos carteles anunciando la asamblea. Y en el momento naturalmente nos subimos al escenario, la compañera María Chaves al lado mío y abrimos la asamblea (...). Fue muy importante porque fue un gran impulso al Encuentro y a la lucha contra la iglesia que como siempre había mandado su gente.”1

Aquella asamblea y el plan de lucha votado en ese Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario fue el puntapié para la organización de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto. El diario Página/12 titulaba “Las consignas por el aborto coparon la movilización” y en la tapa se veía la enorme bandera Por el Derecho al Aborto que habíamos llevado las compañeras del PTS y las compañeras independientes que, al regreso de aquel Encuentro, formamos Pan y Rosas, que ahora cumple diez años.
Al año siguiente, en Mendoza, la Iglesia nos esperaba no sólo con pintadas y afiches injuriosos, sino también con decenas de hombres apostados en la puerta de la Catedral para provocarnos, mientras un “misterioso” apagón oscurecía las calles cercanas por donde marchábamos miles de mujeres y una bomba molotov explotaba en la caja de electricidad del club donde se realizaría el cierre del Encuentro.

Quien quiera oír que oiga

Aquellas que dicen que en los Encuentros Nacionales de Mujeres no se pueden plantear reivindicaciones políticas; que no tenemos que aprovecharlos para organizarnos; que la Iglesia tiene que participar porque así fue siempre; que la Comisión Organizadora es democrática, autónoma y actúa por consenso; que en los Encuentros no podemos autoconvocarnos en asambleas y votar lo que consideremos necesario para avanzar en la lucha por nuestros derechos, ¿será porque no conocen la historia de los Encuentros?

Como ejemplo de todo lo contrario, están estos retazos de la historia de 28 años de Encuentros Nacionales de Mujeres. ¿O será que quieren ocultar la verdadera historia?